La ciencia dulce: un recorrido por los alimentos del Amazonas

               “ La luna era anteriormente el sol pero como no calentaba se cambió el nombre ”

                                                                                                                                      Mayor uitoto

Cuando se abrió la puerta la humedad envolvió todo mi cuerpo. Me sentí viva. El ambiente fue la resonancia de la liquidez de mi ser. Caminé y encontré agua, por todas partes agua. El río Amazonas me recibió. Mis ojos veían espacios verdes y cafés; también el reflejo de la luz a través de los árboles y las contorciones de sus formas en las sombras proyectadas sobre la tierra. Yo no conocía el camino, pero tenía la certeza de que cruzándolo iba a encontrar a una mujer. Yo iba a ver por primera vez a Kasia.

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En el recorrido empecé a escuchar la música que habita en la naturaleza, sentí sed por el calor que hacía y decidí parar por un jugo de copoazú[1], una de las maravillosas frutas de la zona que en mi boca sabe a cacao fresco, piña y guanábana. Al terminar el último sorbo, seguí en la búsqueda de la mujer. Con el movimiento yo iba imaginando muchas versiones de ella, de su casa y de su familia, todas posibles y distintas entre sí. En el tránsito me encontré con un lugar llamado “Patio de ciencia dulcey entonces fue presagio de bienaventuranza; fue, al final, donde decidí entrar.

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Llegué a una casa en la que vi a niños jugando y a mujeres tejiendo unas sobre el piso de madera y otras en hamacas. Entre ellas, reconocí rápidamente a Kasia, la encontré en esa mujer. Escuché su voz y mi imaginación empezó a recrear todas las historias que me contaba, mientras que sus manos se movían continuamente entre la madeja y el tejido. Al tiempo fuimos compartiendo unas bolitas de plátano cocido y pollo; luego también pirarucú[2]. La dimensión de las horas se proyectaba en la sábana que improvisadamente pusimos para cubrirnos del sol y que luego quitamos para sentir el fresco que emanaba la noche. Mi mirada durante horas se quedó con Kasia, ella me habló desprevenidamente de su vida. Sentimos confianza y nos hicimos amigas.

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En sus palabras descubrí una vida distinta a la de todas las mujeres que he conocido, una honestidad profunda sobre lo bueno y lo malo que nos habita y el dolor que nos genera habitar en este ahora. Ella conoce la proximidad a la muerte y también su capacidad para transitar entre distintos planos, para dialogar con los seres de la naturaleza y los espíritus que recorren de forma paralela este espacio. Disfruta de cocinar, tejer y a sanar, es reflejo de la consciencia colectiva de su pueblo y espejo de la selva. A su lado sentí la fuerza de la naturaleza y el poder que tenemos las personas para curar y destruir.

La vida de Kasia parece sacada de una película, en las que ella misma ha cargado con fuerza a boas y repetido escenas ante las cámaras, ha recorrido el mundo y ha estado en Korea donde se comunicaba en bue, asegurando que le entendían mejor en su lengua que en castellano. Ha sido grabada muchas veces, ella ha sido muchas Kasias.

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En la primera noche que visité el Patio de ciencia dulce entramos en la maloka y tomamos medicina de las plantas de ayahuasca[3] que crecen en las chagras medicinales de la comunidad. En este caso, la toma la hicimos solo mujeres. Yo me sentí fuerte y segura. Sentí mis huesos, mi carne, mi piel. Sentí sed, sentí mareo, sentí miedo. Sentí peces recorriendo mi cuerpo, andando por mi tráquea y transitando rápidamente en círculos a través de los arcos superciliares de mis ojos, en ese momento pensé en la palabra arcos superciliares y en la clase de antropología biológica en la universidad. Vomité. Vomité.

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Al otro día me bañé a las cinco de la mañana con agua fría, estaba aliviada, presente y tranquila con mi existir. Como a las nueve caminamos por la comunidad, tomamos asaí con tapioca[4], cruzamos ríos y visitamos a los abuelos. Allí compartimos casabe y nos subimos a los árboles con los niños para obtener guamillas. El paisaje estaba lleno de plantas de yuca, fuente de alimento más importante para las comunidades indígenas del Amazonas, es sagrada y cultivada principalmente por las mujeres. Sobre su origen en uno de los mitos uitotos, Jitirugiza (la negra) rechaza a todos sus pretendientes, haciendo que uno de ellos tome venganza dando ambil a los Buineizai, para que éstos la dejaran embarazada. Así lo hizo Zikire (bambú) Buineima, sin que ella lo advirtiera. Por tal razón, después de un corto tiempo, su sexo y sus senos engrandecieron, lo cual causó la indignación de sus padres. Un día Jitirugiza sintió un dulce olor a hierba, un encanto de amor.

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De repente encontró una risa detrás de ella y la cara de un hermoso joven quien declaro ser el padre del fruto de su vientre. Acto seguido, él la tomó por esposa. Vivieron juntos por un tiempo, pero ella se comió un pez cheo[5], esto produjo la cólera de su esposo, pues según él, había sido uno de su gente. Cerca al momento de su parto, el joven la envió devuelta con sus padres, diciéndole que diera luz en una olla, en lo húmedo de la orilla de un río y que cubriera al recién nacido sin mirarlo. Así sucedió, pero más tarde ella regresó allí para bañarse y entonces se encontró con un gran árbol cuyas raíces llegaban hasta el agua, como eran blandas y olían bien, llevó unas a su madre y juntas las comieron en secreto, poco a poco fueron confiando el secreto al padre, y no pudieron esconderlo a resto de los habitantes de la maloca, ni a la comunidad ni a las comunidades de los alrededores. Todos dejaron de comer piedras trituradas, tierra y troncos descompuestos. Empezaron a comer del árbol de la abundancia, moniya amena. Al árbol le entró un maleficio pero era difícil cortarlo, pues este podría tomar venganza, entonces Nofieni primero sacó las astillas de la corteza, las arrojó al río y las transformó en toda clase de peces; luego, talló la mujer Juzikobikiaño (mujer de astilla de corteza de yuca), la sopló y la entregó como esposa a Jitoma (sol).

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La negra, Jitirugiza, es la luna oscura, madre de la yuca. Luna y yuca ambas, de gran importancia para los uitotos. La luna rige la fertilidad de la tierra a través de sus ciclos en la que posibilita que la yuca crezca para que las mujeres puedan preparar casabe[6] ,airiji, caguana[7], chicha [8]y tucupí[9]. Alimentos muy nutritivos que mediante procedimientos distintos adquieren texturas y sabores sumamente disímiles entre sí, haciendo de este fruto un universo gastronómico en si mismo.

En este mundo la fertilidad, la abundancia y la existencia están determinadas por el RIO, iyemo, espacio de flujo continuo de aguas, generoso, extenso, místico que bendice y castiga, que se apiada y alimenta. Sus caudales varían dependiendo de las temporadas de lluvias, las cuales son influenciadas por los ciclos de la luna y que permiten la pesca. El río constituye un mundo invertido, un espacio en el que habitan seres enormes de pieles brillantes impermeables, de colores tornasolados y metálicos. Seres capaces de brindarle al cuerpo de los seres humanos a través de sus carnes la fuerza necesaria para coexistir en armonía con la selva.

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Para la abuela Tomasa, el rio es un lugar de respeto, porque así como da, quita; es capaz de despojar a los seres humanos de lo más preciado, de lo más querido, causando un dolor inimaginable. El rio traga y guarda en sus entrañas a personas que nunca vuelven a ser vistas ni en sueños ni en apariciones. Pero el rio también limpia y da calma. Es fuente de vida y es reflejo de que en este universo nos encontramos en constante movimiento.

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En los siguientes días que pasé en este lugar, la selva y su gente me trataron de forma generosa y dulce. Ahora la abuela Tomasa me enseña bue y yo repaso en un pequeño librito que encontré.

Manoyikue  Yo seré curada.

 

[1] Copoazú (Theobroma grandiflorum) fruta del bosque húmedo tropical, específicamente del Amazonas. Es utilizado para la elaboración de bebidas, aceites y licores.

[2] Pirarucú (Arapaima gigas) es el segundo pez más grande del mundo, fuente fundamental de proteína para las comunidades que habitan en el Amazonas.

[3] Ayahuasca (Banisteriopsis caapi) conocída también como yagé. El consumo de la ayahuasca puede generar efectos alucinógenos a causa de la presencia del DMT natural de plantas como la Psychotria viridis, la Diplopterys cabrerana y otras.

[4] Tapioca: alimento extraido de las raíces de la yuca.

[5] Pez cheo (Abramites hypselonotus) generalmente consumido en las cuencas del río Putumayo.

[6] Casabe: airiji, también cocido como pan indígena. Una de las primeras referencias de este alimento la hace José Eustacio Rivera en La vorágine. El casabe se produce con la harina de yuca la cual es obtenida al rayar el fruto. Posteriormente se exprime para eliminar los excesos de almidón y luego se tamiza para quitar las partes gruesas, luego e se moldea en forma circular y se pone sobre el fuego durante unos minutos.

[7] Caguana: jaigabi, bebida principalmente consumida por la etnia uitoto (huitoto,witoto) se ofrece siempre en reuniones sociales y por tradición dentro de la maloka se entierra una caja de balso forrada en hojas de plátano donde se vierte la bebida para ofrecer a los visitantes. La caguana se prepara con piña, la cual se pone a cocinar con agua hasta que la preparación adquiera un color amarillo. Luego se retira del fugo se cuela y se le agrega al líquido el almidón que se revuelve hasta que esté completamente disuelto.

[8] Chicha: bebida realizada a partir de la yuca fermentada, es sagrada y preparada de formas distintas dependiendo de la actividad para el consumo: religioso, festivo o del hogar.

[9] Tucupí negro: salsa fermentada que se produce a partir de la yuca brava, ajíes locales y en algunos casos hormigas arrieras o limonarias.

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