Mi padre muerto, la tierra aún florecida

Con la curva del olvido de la infancia el primer recuerdo de mi abuelo apareció en mi memoria a los 3 años. Ya era un hombre cubierto en canas, tenía lentes que aumentaban sus ojos amarillos, ojos que había visto por primera vez en mi madre, pero que en él adquirían una mirada distinta. Yo pasaba largas temporadas con mis abuelos, era feliz compartiendo esa intimidad distinta a la de mis padres. Como entré tarde al colegio, con mi abuelo aprendía a leer, entender el parentesco, la historia de la familia y del país, también a percibir el paso del tiempo que se proyecta en el reloj y en el cielo; con mi abuela aprendí a cocinar y a bailar, tarea que se tomaba muy a pecho pues no quería que sus nietos se movieran como cachacos porque bailar bien, es según ella, un acto de resistencia a la tristeza.

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Nosotros viajábamos constantemente a la finca con mis primas y mi abuela en el carro. Ella manejaba y prevenía el reflejo del sol colgando en la ventana toallas que se movían rápidamente con la brisa y dejaban entrever partes del paisaje. Yo leía en los letreros El playón, San Alberto, San Martín y El Totumal, de ahí veíamos El Perú y luego llegábamos al Jaguil. Nos bajábamos del carro y nos abrazaba el sol intenso, los campos verdes en los que se dibujaba el maíz y entre ellos las cabezas con sombreros. Ahí jugábamos en la inmensidad donde veíamos vacas, gallinas, pollos, cerdos, caballos, burros y sapos. Corríamos y nos lanzábamos al pozo, luego nos mecíamos en hamacas hasta que se caían y torpemente volvíamos a guindar. Nos untábamos las caras, manos y ropa con el jugo que se desprendía de las patillas al morderlas hasta la saciedad.

En las mañanas nos despertábamos temprano y comíamos arepas ocañeras con suero costeño, natas y queso salado que se preparaba ahí mismo. La cocina se llenaba de una fila de hombres que comían y sudaban, ellos además tenían en sus platos pescado o carne de res. Mi abuelo también desayunaba así para tener fuerza suficiente para trabajar en el campo y leer. Mi abuela siempre preparaba delicias para el almuerzo, envueltos y bollos para los siguientes días. Yo disfrutaba de la compañía de mi abuela, la ayudaba siempre a preparar todo lo que hacia. Desde la molienda de maíz fresco veía a mi prima y a mi hermano felices montando a caballo, mi prima siempre montaba mejor que todos y yo me sentía orgullosa porque sentía que nosotras éramos más fuertes y útiles que todos los niños que andaban por ahí.

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Como parte de la familia de mi abuelo vino del Líbano, mi abuela al casarse tuvo que aprender de sus primas a preparar quibbes, indios, arroz con almendras, tahine y tabule. Para la fortuna de mi papá, y para todos nosotros, mi mamá resultó ser una gran cocinera. Entonces la comida libanesa se instauró en la mesa de mi familia y se alternó con los platos de Santa Marta y del Cesar, lugares en los que crecieron mis abuelos y por los que transitábamos todos los años. En la casa siempre había abundancia de yuca, plátano, suero, queso costeño, maíz, limones y naranjas. Cerdo, pato y res. De todos, mi favorito era el pato que mi abuela preparaba con naranja y que se acompañaba con arroz bien sueltico como sólo lo saben hacer las mujeres caribeñas.

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Cuando nos sentábamos a comer las conversaciones se podían alargar, pasaban por los cultivos, temporadas de siembra y recolecta, la política y algunos autores de los que mi abuelo era lector asiduo como Foucault y Saramago. Además de muchos más, pues a la casa llegaban cada quince días cajas repletas de libros para leer. A mis diez años leía algunos libros que mi abuelo me seleccionaba o me compraba para que yo pudiera leer. Él no hablaba mucho porque pasaba las tardes leyendo, era un hombre serio y místico, de ahí que muchas personas que vivían en la finca y sus alrededores empezaron a decir que mi abuelo tenía la capacidad de estar en dos espacios al mismo tiempo. Es decir, que mi abuelo se desdoblaba. Yo no sé si sería así, lo cierto es que mi abuelo creció al lado de su tío Manuel, quien era reconocido en la zona por poder sanar con plantas, rezos y por poder comunicarse con espíritus. Papá siempre decía “ dios es uno mismo”.

Para mi abuela, el momento de compartir los alimentos era el espacio perfecto para comentar la historia de algún familiar extenso a quien le había pasado algo que nos podría ocurrir también a nosotros. Por eso ya ninguno abría la nevera luego de correr por temor a una parálisis facial, en cuanto al abanico, hacíamos trampa poniéndolo al máximo, aún sabiendo que a nuestro primo Rubencito se le desprendió el ventilador del techo y le cayó justo encima. Rubencito no se murió de milagro, a nosotros tampoco nos paso nunca nada.

A veces de la finca salíamos para Santa Marta temprano en la mañana. Mi abuela llevaba un termo con arroz apastelado que compartíamos en la ruta. Cuando llegábamos a Bosconia comprábamos también chicharrones con yuca, luego por la ventana aparecía un paisaje lleno de plantas de banano y cuando se terminaba entonces aparecía el mar. Estando allá íbamos a saludar a mis bisabuelos y a almorzar croquetas de huevas de pescado, arroz con camarón seco y torta de maduro. Mi bisabuelo tocaba guitarra y piano y nos contaba de sus travesías por el rio Magdalena y de los viajes en tren. Mi papá siempre comentaba que era una pena que nosotros no íbamos a tener la posibilidad de navegar el rio Magdalena y que por eso perderíamos una gran experiencia de sentir la inmensidad del país.

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En la casa no todo era comida y alegría, la historia de la familia siempre estuvo atravesada por la violencia y era recurrente no porque se hablara mucho del tema, sino por los pequeños símbolos cotidianos que traían recuerdos de esos momentos. A veces cuando dejábamos libros por ahí, mi abuela recordaba como tiraba y escondía libretas y libros de mi abuelo para que no los fueran a matar. Cuando yo usaba pañoletas en la cabeza, me pedía que me las quitara porque cuando la secuestraron, para soltar por segunda vez a mi abuelo, cubría su cabello y cara con trapos para que los arboles y chamizos de la Sierra no le fueran a cortar la cara. Respecto a los secuestros, mi papá no decía nada. En cambio, hablaba del mal manejo de las políticas públicas, de los planes de desarrollo que se inventaban en la cuidad y en el campo eran completamente absurdos. De lo triste que era vivir en un país con tanta abundancia en el que la gente se muere de hambre, en el que muchas personas aún no saben leer ni escribir y en la apuesta tan paupérrima que ha hecho el Estado a lo largo de los años para apoyar a los agricultores locales y por el contrario, su gran empeño por impulsar los mercados de libre comercio que solo benefician a algunos e incrementan el desempleo y la pobreza en el país.

Vi por última vez a mi papá a mis veintiséis años. Lo mataron en su finca con tres tiros el 12 de julio de 2019.

A mi abuelo Hernán Osorio, quien también fue mi padre.

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