El tamal: ¿ El alimento tradicional que define la democracia colombiana?

Por Luis Rodríguez y Alejandra Salamanca

Si hay un plato representativo de la cultura popular alimentaria de Colombia y América Latina es el tamal. En nuestro país esta preparación representa el mestizaje, pues siendo de origen indígena se modificó para adaptarse al gusto de los criollos. En cada región su elaboración es el resultado de la obtención de las materias primas principales que ofrece cada lugar. Los tamales son sumamente interesantes porque permiten generar una radiografía de los ingredientes más valorados a lo largo y ancho del país como es el caso del maíz, el arroz, el plátano y otros tubérculos que son utilizados para hacer las masas, las cuales son acompañadas de alguna proteína. En la mayoría de los casos, los tamales convergen en uso de hojas de plátano, cachaco o bija[1] para envolver los alimentos que luego se cocinan a baño de maría para obtener deliciosos resultados. Independientemente de la diversidad de ingredientes, la preparación de los tamales es dispendiosa, requiere casi un día entero para poder generar un plato con la consistencia y la sazón indicada. En muchas ocasiones, la preparación inclusive varía localmente dependiendo de una actividad cultural específica[2].

El alimento tiene un poder cultural muy importante, incorpora en sí mismo diversos valores morales y simbólicos que hacen referencia a aspectos a los que se les da importancia dentro de una sociedad. En nuestro caso, los tamales se asocian con la festividad, la abundancia, la familia, la prosperidad, y el bienestar, en el común denominador, dejando de lado aquellos que no tienen en su repertorio gastronómico esta preparación pues es considerada comida de “campesinos, indios y negros”. Con el paso de los años este ícono tradicional dentro de nuestra cultura alimentaria ha venido adquiriendo un nuevo significado que se extrapola al ámbito político, específicamente a las malas prácticas electorales de nuestro país, es decir, al clientelismo y la compra de votos tan comunes ayer, hoy y siempre. Pero sabiendo que existen muchas formas de comprar un voto (tejas, dinero, puestos políticos, burocráticos, gerenciales entre muchas otras) ¿Por qué el tamal se ha convertido en eso que encarna por excelencia los males de nuestra clase política y de la sociedad?

  En épocas electorales, como las que se avecinan, aumentan dramáticamente las noticias relacionadas con la compra de votos en el país. Muchos de los aspirantes a los cargos de elección popular, sin importar su color político o ideología utilizan los tamales para acaparar a la gente en los eventos políticos; quienes reciben el tamal sienten que el candidato realiza un gesto de generosidad al ofrecerles un plato valioso y contundente que servirá para ayudar a digerir las anacrónicas promesas de una vida mejor y de progreso. Por su parte, el candidato que “obsequia” los tamales sabe que con este plato permite construir confianza con sus potenciales electores de forma rápida.

Quienes se encuentran afuera de esta relación no dudan en afirmar que se trata de un acto moralmente cuestionable y de poca inteligencia por parte de los electores, en resumen, algo que es-tamal.

 

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En Colombia el valor exacto de la industria de los tamales es incierto, pero se calcula que aproximadamente las cifras de venta de este producto llegan a unos $ 129.000 millones de pesos anuales a nivel nacional. También se estima que en todo el país se venden al año 50 millones de unidades de tamales, la gran mayoría en microempresas y canales de distribución informal[3].

Durante las campañas políticas la venta de tamales se eleva de forma exorbitante, tanto así que algunos vendedores han reportando incrementos hasta del 400% durante el fin de semana de votación. Según reportes en medios nacionales, un pequeño fabricante de tamales vende en promedio entre 100 y 125 platos en un fin de semana normal, mientras que en elecciones esta cifra puede llegar hasta los 500 platos. La forma en la que llegan los tamales a los eventos políticos es sencilla. Los protagonistas de las contiendas electorales de cada región contratan a cocineros y vendedores con reconocimiento dentro de la población para abastecer a sus numerosos grupos de seguidores en eventos, caravanas y bazares. Muchos de estos acuerdos se hacen de forma verbal sin que medie algo más que el nombre del líder o personaje que los contrata, a riesgo de que la totalidad del pago se enrede o se pierda por esas duras y, a veces sorpresivas derrotas electorales. En esos casos, los cocineros y vendedores deben hacer frente a las deudas adquiridas para pagar el personal e ingredientes necesarios con los que cumplieron el encargo.

En nuestro país, el voto moviliza los significados del tamal: la familia, la abundancia y la festividad, asimismo, el acto de alimentar envía un mensaje que opera desde el inconsciente y se valida con los símbolos de los recursos, el poder adquisitivo y el paternalismo, los cuales se encuentran arraigados en nuestra cultura y se asocian en muchos casos con el bienestar. El clientelismo es como un padre rico, gordo y conveniente que satisface necesidades, es también el patrón, el don y el “doctor”.

Esta institución informal empezó mediante la validación de actos cotidianos de intercambio de favores para solventar necesidades básicas que no eran de principal relevancia para el Estado, pues su papel era principalmente el de cumplir con la clientela, pero a medida en que fue entrado la denominada Modernidad, el Estado empezó a adquirir mayores responsabilidades en relación a los ciudadanos, sin embargo, si en nuestro país nos hemos caracterizado por algo, es por la incapacidad que han tenido nuestros gobiernos para solucionar y dar oportunidades reales para todos, sí, para todos. Entonces, ese sistema que respondía a dar y recibir a través de favores, se volvió difuso y debido a que el Estado no respondía con lo que debía hacer, el clientelismo continuó y se consolidó en una delgada línea entre la legalidad y la ilegalidad. Básicamente el clientelismo es el resultado de la desigualdad social, la falta de educación, el enriquecimiento de unos pocos y su poder reconocido como legítimo sobre el resto de la población.

A todo esto se suma la reciente masificación de nuevos discursos que glorifican el individualismo radical por encima de los procesos asociativos y colectivos. De esta forma, para muchas personas excluidas la única esperanza frente a una agobiante realidad es la salvación de un líder que, en su sabia voluntad, puede ayudarlos o no. Por eso es que frente a problemas como el clientelismo y la venta de votos es necesario hacerlos visibles y resaltar la importancia de las discusiones, debates y proyectos asociativos (por ejemplo mercados de trueque, asambleas barriales, mingas, etc) que desde las mismas comunidades vulnerables se construyen para la consolidación de nuevos liderazgos, discursos y prácticas políticas. Esta tarea parece ahora más difícil que nunca por el incremento de los asesinatos sistemáticos de líderes sociales en todo el territorio nacional, que ocurre frente a los ojos de un gobierno que es la máxima expresión de esta vieja clase política dominante con nueva cara que ya no regala tamales sino exenciones tributarias o incentivos. En fin, lo importante es resaltar que hay muchas cosas por analizar y observar antes que caer en el fatalismo, la resignación y la burda simplificación de “se vende hasta por un tamal”.

En nuestro país la clase política se ha caracterizado por tener un apetito muy grande, tanto que nos ha llevado a ser catalogados como uno de los países más corruptos del mundo. En esto del clientelismo sí que tenemos una larga trayectoria, tanto que es un sistema que se ha perpetuado profundamente en nuestra cultura al transar con los arquetipos más preciados de un colectivo, como es caso del preciado tamal y que llegan directamente al inconsciente y se vuelve material en el acto de votar, y de votar mal.

No es injustificado que uno de esos arquetipos sea representado por un alimento, pues no hay acto más cotidiano que comer, todos necesitamos de la comida para sobrevivir. Alimentarnos significa tener una relación directa con los recursos a disposición y la distribución de esos recursos han transformado las relaciones sociales a lo largo de la historia. Para aquellos que piensan que los actos cotidianos no tienen influencia alguna en nuestra realidad.

 

[1] También conocidas como: lehecho de carne, fariñero, panero, tapa masa, alpayaca, hoja de raíz, morero, rascador, botijita,, tapabotija, amarrabollo. ( Mejor dicho, nombres es lo que hay)

[2] En una misma región los tamales pueden tener ingredientes distintos. En algunas zonas del Pacífico colombiano, los tamales preparados para semana santa son distintos a los de navidad.

[3] La cifra del valor del tamaño del mercado se obtiene calculando las unidades de tamales vendidas por un rango de precio que oscila entre 1.200 y 5.000 pesos. La informalidad de este sector y sus canales de distribución hacen prácticamente imposible calcular el valor del mercado con total precisión. Ver: https://www.portafolio.co/negocios/empresas/tamales-generan-26-mil-millones-exito-105560

Bibliografía

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Ilustraciones por  Maria Elvira Espinosa

Comiendo calle: Luruaco, Atlántico

Recorrer Colombia es encontrase con los usos no oficiales de los espacios, es transitar entre símbolos y significados subvertidos que se instauran entre los paisajes y las tradiciones culturales. Así mismo nacen los mercados callejeros, puestos hechos rústicamente con lo que brinda cada contexto, a veces efímeros, a veces tan fijos como edificios de concreto, comercializan a viajeros y locales delicias de la tierra y artesanías gastronómicas derivadas de la biodiversidad de cada contexto. Estos lugares nos permiten entender desde el paladar otras historias, formas, colores, texturas; experiencias particulares de vida y espacios habitados por otra gente.

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En los mercados callejeros no sólo se comercializa el alimento, también la experiencia de vivir una relación particular con el entorno, una forma de entender lo público y lo privado desde otro sentido. Mileidis Coronado dice que creció en la calle principal de Luruaco, Atlántico, armando arepas, bollos, pasteles y carimañolas de la mano de su madre. Desde la madrugada alistaban parte de los productos para freír en la calle y a la casa volvían siempre en la noche para cocinar el maíz que molerían cada madrugada. Creció ayudando, haciendo mandados, cambiando billetes, asistiendo en la cocina, hablando con todo aquel que pasaba por el puesto, compartiendo también con otras vendedoras de fritos y con sus hijas, compañeras de corrinche, quienes ahora adultas, llevan a sus niñas a los puestos para que conozcan el arte de hacer fritos. La calle se vuelve escuela, se convierte en ese lugar en el que se aprende, se cocina, se come, se juega y se comparte.

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Crecer en cuatro esquinas, Luruaco, cocinando como las mujeres portadoras de la tradición gastronómica es llevar el sol en la piel, es reconocer el compás de los pitos de buses, motos y carros que transitan por la vía, es tener la imagen matutina de los hombres paseando sus canarios y diciendo ¡wipiti, wipiti! a todo aquel que va pasando. Entonces a punta de wipitazos, del susurro constante de los calderos friendo, del vallenato, de la salsa, de la champeta, de la cumbia que en la calle se mezclan, se va construyendo una intimidad en la vía, un sentido particular de sentir, de vivir, de ser.

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El paisaje de Luruaco se construye a partir de la sutileza y maestría de las mujeres cocinando. Lo más bonito quizás es verlas preparando arepa ´e huevo porque es como si esos movimientos de las manos nunca se hubieran aprendido, como si desde siempre esas manos hubieran cocinado. Pero en realidad es un aprendizaje largo, de imitación constante en el que hijas repiten las formas de moverse de sus madres entre la molienda, la amasada, la armada de las arepas, entre abrirlas y cerrarlas al adicionar el relleno. Es un baile sutil que se construye entre el fuego y el caldero, entre la masa y los huevos.

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En ese baile se crean las economías familiares catalogadas dentro del sector informal, al cual pertenecen no sólo la gran mayoría de las mujeres de Luruaco, sino de todo el país y que a punta de cocinar y vender productos en las calles de las ciudades y rutas nacionales se las arreglan para subsistir con sus familias. En el caso de Luruaco, los puestos de venta funcionan a partir de un trabajo colaborativo en el que participan madres, abuelas e hijas.

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Generalmente este tipo de trabajo es asociado en la cultura popular a lo femenino porque la cocina es percibida tradicionalmente como el “ lugar de la mujer”, un universo al que los machos no tienen acceso, rebotan, el espacio les hace resistencia porque parece para ellos un trabajo muy delicado y para muchas de ellas porque es una actividad que los puede volver maricas. Así como por arte de magia, maricas. Sin embargo hay excepciones, el hijo de Mileidis ha decidido aprender a cocinar, disfruta de compartir con su madre y hermanas mientras en la ruta construye una nueva posibilidad de masculinidad, él espera salir del colegio para estudiar pronto cocina y replicar todos los conocimientos y sabores caribeños que ha venido aprendiendo de las mujeres luruaqueras.

Bibliografia

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Habitando el Pacífico

Coquí es un corregimiento que se encuentra ubicado en el Pacífico Colombiano. En este lugar se puede sentir la generosidad de la vida a través de la selva, el río y el manglar, ese vientre fértil en el que todo lo posible se fecunda y del que se alimenta el vasto mar. La geografía de la región Pacífica es difícil de transitar, es como si el destino de esas tierras fuera el de no ser habitadas por la humanidad. Así mismo, es la muestra de que todo lo probable es posible. En este paraje que tiene de trasfondo la Serranía del baudó  los seres son fuertes y se mueven por una chispa vital. Se siente la resonancia del existir no sólo en este espacio físico sino en un universo más amplio y diverso que su mismo mar.

La humedad de la tierra genera una sensación particular en el cuerpo y esa sensación esta acompañada por un cielo brumoso, nublado, que no permite ver más allá. El cielo es un espacio melancólico y absoluto en el que se percibe la fuerza del mundo. La niebla es el presagio de la lluvia que viene acompañada de los truenos, ondas de choque que con gran cantidad de calor llegan para mezclarse con el aire frío; es la analogía del cuerpo mismo que busca sus balances entre todos sus humores, es la lucha misma de encontrarse.

Las plantas de Coquí son la fuente de vida, permiten la subsistencia de los que allí habitan, pues brindan desde sus ecosistemas de selvas, manglares y zonas costeras la posibilidad de curar el cuerpo y generar bienestar desde la eliminación de los excesos. La cura del cuerpo con plantas medicinales es un conocimiento que llegó con los primeros pobladores del corregimiento. Doña Eva Bonilla, mujer de 82 años, cuenta que no se puede habitar una tierra sin cultivarla. La tierra provee todo lo que el ser humano necesita. Cada casa tiene una huerta asociada y es denominada azotea. Hay tantos recipientes como distintos tipos de plantas, la recursividad lo es todo. En estos patios se crean pequeños mundos que albergan plantas alimenticias, aromáticas y mágico-religiosas.

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En la azotea las plantas siempre están dispuestas con tanto cuidado, que es imposible no sentir la pureza del alimento en el paladar. Todo es fresco y nutritivo. Ellas crecen entre los arrullos de las mujeres que en luna menguante siembran semillas en tierra hormiga[1] traída del monte, tierra natural[2] y tierra hojarasca[3]. Los ojos que plantan, luego ven crecer raíces, las manos las recolectan para que en fogones hagan parte de guisos, sopas, tomas y hervores.

El sistema médico de los que habitan Coquí, es el reflejo de la relación de los pobladores con su territorio. Esta amplia geografía esta pensada a partir de zonas térmicas que al igual que los órganos del cuerpo responden a lo caliente, lo tibio, lo fresco y lo frío. Para que el cuerpo esté sano, las temperaturas deben estar en balance, en el cuerpo humano la sangre y la esperma son conductoras de energía que se asocian con lo caliente así como también el corazón y el cerebro, mientras que otros órganos como el útero y los pulmones, se asocian con lo frío. Las temperaturas se manifiestan en energías perfectas pero al mismo tiempo volubles y cambiantes. Son resonancias de un sistema inmenso terriblemente bello.

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La enfermedad o desbalance en el ser humano se hace perceptible a través de los cambios de los humores. La bilis, el cólera, la orina, el sudor, la saliva, el semen y la sangre, son alertas que demuestran que hay trastornos. Los cambios pueden ser sutiles en el color, olor y viscosidad de los flujos. Estas alteraciones se pueden agravar o depurar debido a la influencia de la naturaleza; es más grande y fuerte que el ser humano, su poder es total.

La relación de los cuerpos de las mujeres con el entorno es muy particular. Los espacios de esta geografía tienen una conexión íntima que permiten o niegan la posibilidad de fecundar, que enferman o mejoran en el ciclo menstrual. La selva y los lugares húmedos como el manglar, el rio y el mar son los que despiertan la sensibilidad femenina. Las corrientes de agua depuran y limpian. Son poderosas. Pueden causar pasmos[4], enfriar los embarazos e incrementar los cólicos. Hay actividades como la pesca, el despiangüe[5] y los baños en los ríos que pueden enfermar.

La recolección de tierra hormiga, frutos y fibras para hacer tejidos en la selva también son de cuidado para la mujer. La selva es tremenda, su dominio es inimaginable porque en la selva todo crece, es vasta, hogar de todo lo vivo. Los seres que circulan por ahí pueden influenciar para mal o para bien el cuerpo. Todo allí es virgen, poderoso y húmedo.

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Para curar a la mujer hay diversos bebedizos, estos generalmente están hechos con plantas calientes las cuales tienen facultades antisépticas, como el clavo, la canela, el jengibre, la pimienta, la uchuna, el anís, la albahaca negra, la concha de guayaba, la pegapega y la miel de panela. Estas se pueden mezclar con una bebida alcohólica, destilada artesanalmente denominada viche[6] dependiendo de la enfermedad. Las tomas de estos bebedizos se asocian con algunos rituales de baño y están influenciados por la luna, la energía del día y la noche.

En la mayoría de las casas se encuentran sembradas las plantas necesarias para curar a toda la familia. Hay descansé chiquito y grande que sirve para la desinflamación y para el cuidado de los niños, santa maría boa para el dolor de cabeza, el limoncillo y la limonaria para limpiar el estómago, la escubidilla para la compostura[7], la esbaratadora y pegapega para sobar, el llantén para la gastritis. Hay otras plantas más poderosas que no deben ser vistas ni tocadas por desconocidos, porque la energía de esos cuerpos pueden hacerlas perder su poder curativo.

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Además del poder de la naturaleza y sus plantas, existen energías de espíritus y humanos muy fuertes que rápidamente pueden enfermar, generar malestar y tristeza. Los niños que poseen más pureza, son altamente influenciables y a quienes les da con facilidad el mal de ojo. Este malestar solo puede ser curado por un rezo de una persona que tenga la facultad de comprender y transitar entre los distintos planos del universo.

En la ruta del manglar, se encuentra el cementerio, lugar sagrado en el que reposan los ancestros. Este es un espacio que contiene una carga energética muy fuerte. En este lugar están enterrados no sólo cuerpos, sino todas las experiencias, anhelos y sueños de muchos que ya no habitan este espacio y de otros que aún se encuentran apegados a ese suelo, al mangle y al mar. La noche es cuando este espacio representa mayor poder energético y es capaz de enfermar a un niño, causarle tristeza y miedo a los hombres y producir en las mujeres embarazadas dolores, un mal parto y el desamor.

En el Pacífico colombiano, cohabitan todas las fuerzas y estas son tenidas en cuenta en la cotidianidad. Allí se cree en el poder del espíritu y la naturaleza para curar y para prevenir el mal, hay muchas posibilidades de enfermar, pero la mente tiene un vigor sobrenatural que logra blindar el cuerpo, que logra prevenir el mal porque donde hay fortaleza y buenos pensamientos, nada malo puede habitar.

A mis amigos de Coquí.

Fotografías por: Juan Felipe Ríos  https://www.behance.net/gallery/61195125/Coqui-Choco-2017

Bibliografia

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Zuluaga, G. (2000). PLANTAS MEDICINALES: ECOLOGÍA Y ECONOMÍA. (U. d. Rosario, Ed.) Bogotá: Universidad del Rosario.

[1] Tierra abonada por las hormigas.

[2] Tierra sin abono.

[3] Tierra que contiene los nutrientes de las hojas.

[4] Calambre o dolor, en ocasiones puede impedir la respiración y el habla.

[5] Actividad asociada a la recolección de la piangüa (bivalvo) en el manglar.

[6] Bebida artesanal derivada del jugo de la caña de azúcar.

[7] Para sanar una fractura o el dolor de un hueso.

El Bálsamo

Erasmo es un campesino de la vereda El Bálsamo en el departamento de Bolívar, Colombia. Nació el 11 de enero de 1958, tiene 58 años y 5 hijos. El Bálsamo es una tierra árida y difícil de andar, no sólo por la presencia constante del sol y la ausencia del agua, sino por los espacios abandonados que ha dejado la violencia en el paisaje. Hay muy poco verde, mucha tierra amarilla y hormigas que como mares se apropian del espacio, caminan, se mueven. Desde que era pequeño,Erasmo ha visto esa tierra, los distintos colores y plantas que de ella han brotado. Él siente a su terreno maltratado y sueña que pronto de su tierra pueda salir agua y pasto, mucho pasto para tener crías de ganado bovino, cerdos, gallinas y un riachuelo con ranas y peces.

Erasmo disfruta hacer diferentes actividades. A él le gusta “ser organizado y trabajar con técnica”, ríe mucho y dice que goza viviendo en el campo. En sus tiempos libres y cuando cultiva le canta a la tierra, la consiente y le improvisa versos de amor, de dolor, de lo que siente cada día. A él también le gusta inventar herramientas y utensilios para su trabajo y para el hogar. Lo que más disfruta en la vida es observar y sentir en sus manos la naturaleza, admirar la belleza de las mujeres y de vez en cuando, especialmente cuando hay clima fresco, le gusta tomarse unos tragos.

Para Erasmo, los aprendizajes que ha tenido en la vida, están llenos de la presencia de su mamá, una mujer dulce y fuerte, que desde que era pequeño lo asombraba porque siempre encontraba comida para alimentarlo a él y a sus once hermanos. Al verla entregando tanto amor, la responsabilidad y solidaridad fueron valores que se ataron como raíces espesas a su vida. De su mamá también aprendió muchas cosas prácticas como a “querer a los hijos y a ciertos animales que pueden ser difíciles de criar como las gallinas”. Por otro lado, recuerda a su padre como un hombre duro, del cual adquirió la experiencia de labrar la tierra y el conocimiento de un universo práctico en el que se desdibujan los límites entre lo físico, lo natural y lo místico. Erasmo entiende a su territorio como parte de sí mismo, como si cuando hubiese nacido, su madre hubiese parido también esa parcela, ese pasto, ese chorrito de agua, ese cielo. Para poder trabajar el campo, uno tiene que sentirlo, “conocer los ciclos de la luna, lidiar con las vacas, las mulas y los cerdos, conocer y recoger todas las semillitas que salen por ahí, en cualquier rinconcito”.

La vida en el campo para Erasmo no sólo se trata del cultivo y de los animales sino también de los hijos. Él quiere que ellos aprendan muchas cosas, por esa razón se ha dedicado a enseñarles por igual a: “hacer un arroz con ajo, unas sopas variaditas con hueso, el famoso guiso de gallina, a preparar la yuca y el ñame, entre todo eso también a ser respetuosos, el conocimiento de la siembra y el cuidado de los cultivos”. Él ve representado su trabajo como padre y como agricultor en la mesa, porque algo que le gusta hacer a Erasmo es comer, pero comer en abundancia, especialmente cuando se trata de pescado en viuda con yuca cocida, de mazamorra de maíz verde, de dulce de leche y de chicha.

Pero hay algo más que define la existencia de Erasmo como sujeto en el mundo y ese algo es la cacería. Desde que era niño sintió ese impulso, esa necesidad animal que le pasó su padre en la sangre. La cacería para Erasmo no se define, pero está ahí con su espíritu y con el espíritu de muchas personas de su región, ya que es practicada por muchos hombres y algunas mujeres. Esta actividad determina la forma en la que se entiende y se recorre el espacio, también la historia de los individuos, de los animales y de las familias. Todos vivos, todos cazados, todos amputados de alguna forma por el acto mismo de existir. “Hubo un tiempo en el que la cacería disminuyó mucho, pero cuando empezaron los desplazamientos y la violencia en la región, la cacería se convirtió en la fuente de subsistencia para muchas personas, porque uno se movía sin nada, uno estaba con una mano adelante y la otra atrás”.

Antes la cacería se trataba de diversión, respeto, maestría y buena ejecución.Ahora es eso, y también la necesidad y el desespero. Pero fuera de la subsistencia y la violencia, para Erasmo la cacería es algo maravilloso que implica mucho respeto y fortaleza de espíritu, porque de ninguna forma la carne se puede corromper y solo se corrompe cuando se le da mala muerte al animal, se hace de forma equivocada o cuando la persona está débil de espíritu y contagia a la naturaleza de ese mal.

Para hacer una buena cacería hay muchas técnicas que se pueden implementar.Por un lado está la cacería diurna que se practica en grupo, de la cual Erasmo no es un gran admirador, y por el otro la cacería nocturna, la cual se practica individualmente con la ayuda de una linterna. Bajo ninguna circunstancia la cacería es una actividad azarosa, esta debe realizarse con perfecta sincronía. Erasmo siempre piensa antes de cazar en qué parte del monte debe buscar el animal y con qué herramientas se va a ayudar.

Dentro de la cacería los perros cumplen un papel fundamental y cada uno de ellos tiene una característica y un gusto en particular. Para Erasmo, los perros son en cierta medida como los hombres: “hay unos que les gusta el saíno, otros el venado y a otros que les gusta todo”. Estos actúan desde la experiencia y desarrollan sus gustos. Desde que los perros están pequeños se empiezan a llevar de cacería y cuando se caza el animal entonces se les da una porción de esa carne. Ellos la huelen, todos sus sentidos se disparan y la engullen siempre queriendo más. La adicción por la carne es tal que el perro, al igual que el humano, anhela y lucha por alcanzar ese premio que está ahí escondido entre la espesura del bosque. El perro como el humano, con los años se va volviendo un mejor cazador, porque predice a su presa, porque entiende como funciona la muerte. Los perros como los hombres también se extravían y de alguna forma pierden sus sentidos, se dejan llevar por el miedo y, cuando esto sucede, entonces hay que curar el vicio y sacar la corrupción. La forma de curar al perro del miedo según Erasmo, es dándole un remedio que se hace con la raíz del árbol cachito: esta se muele y se le da en la comida sin que el perro se dé cuenta y en pocos momentos quedará aliviado para volver a cazar. Pero en el humano, no hay remedio que valga si este no reconoce su mal. Cuando la persona entiende la enfermedad, entonces la cacería vuelve a ser útil y no es por el hecho de que el hombre vuelve a ingerir la proteína y los nutrientes del animal sino porque las partes del animal muerto pueden ayudar a sanar.

Cuando una persona tiene asma entonces se utiliza la manteca del armadillo, el cacho de venado para el pasmo[1] y la guartinaja para hacer una contra para el veneno de la serpiente.

Pero para Erasmo ni siquiera la cacería puede recompensar el dolor de sus pérdidas, porque aunque ayuda a moldear el espíritu, “hay algo en esta tierra que pervierte, porque no es posible tanto dolor, tanto sufrimiento que ha visto recorrer la vereda El Bálsamo”.

Este es un homenaje al talante y fortaleza de Erasmo que representa a los campesinos de los Montes de María y al trabajo de Adriana Bonfante de la Fundación Semana y a Klaudia Cárdenas, amiga e investigadora  del proyecto “Historías junto al fogón” desarrollado en el 2015.

[1] Cuando una persona se tulle* o se encalambra.